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:: El Hierro ::
Noviembre 2010
Valverde | La Frontera | El Pinar

Un año más, y van seis, Encuentros en el mar emerge como argumento cultural de envergadura en el crítico debate en el que conceptos como ciudadanía, identidad, diversidad e inmigración siguen verbalizándose por unas y otras posturas discursivas.

Para algunos autores el aislamiento geográfico es el principal promotor de la diversidad en términos generales. La diversidad de las creencias por el aislamiento cultural seguiría algunas analogías respecto al símil biológico del que bebe conceptualmente. Esa asociación entre diversidad y aislamiento es, desde el punto de vista cultural, cuestionable: pensemos que la vivencia de la diversidad aparece precisamente cuando se rompe el aislamiento; sin contacto entre lugares aislados solo tenemos una pluralidad de situaciones cada una de las cuales contiene escasa diversidad y nadie puede concebir y, menos, aprovechar la riqueza que supone la diversidad del conjunto de esos lugares aislados.

Por la misma razón, no puede decirse que los contactos se traducen en empobrecimiento de la diversidad cultural. Al contrario, es el aislamiento completo el que supone falta de diversidad en cada uno de los fragmentos del planeta, y es la puesta en contacto de esos fragmentos lo que da lugar a la diversidad.

Encuentros en el mar tiene como uno de sus objetivos resaltar la relación constante y recíproca entre diversidad y diálogo: una suele ser condición para la otra. El diálogo no viene dado y por lo tanto es importante integrar estructuras de interconexión normalizadas en las rutinas de las instituciones, los medios de comunicación y demás organizaciones civiles que ayuden a preservar, crear y recrear relaciones de diversidad. La diversidad cultural es la “materia prima” ideal para la construcción de un pluralismo que redunde en el bienestar de las sociedades del entorno global.

Encuentros en el mar se erigen como apuesta por los procesos de reconocimiento social de las diversidades que configuran nuestra sociedad. Sin el reconocimiento de la condición cultural de unos miembros de nuestra sociedad, no sólo se dificulta la convivencia y la tolerancia, sino que se vacía de contenido toda posible reflexión sobre un nuevo modelo de ciudadanía política y social. Sugerir un modelo de ciudadanía sensible a los referentes culturales diferenciados que están presentes en una sociedad plural, puede permitir, desmintiendo a las críticas que plantean que ello conduciría a su fragmentación interna, reforzar aún más si cabe el principio integrador e inclusivo que ha de mover a una sociedad pluralista, y generar también un sentimiento de pertenencia y de adscripción social por parte de sus miembros.

Como recalcamos el pasado año, las culturas buscan, se buscan, se encuentran, se juntan, se miden, se gustan, se repelen, se escogen, pero no pueden eludir esta ley fundamental que las obliga en interacción a recoger de las demás aquello que viven como útil o hermoso. Es en este espacio del Atlántico en el que seguimos apostando por la unidad en la diversidad.